...jamás fue azul el color de mis sueņos, mironiana respuesta a quienes ambicionan un cromatismo unitario en los profundos pliegues que definen la corteza devastada del alma, cual impropia orografía de cursos y accidentes eternamente desbordados de su cauce. Pero sí es de intenso aņil el locus de la perenne vigilia soņolienta, cruel atalaya, desde el cual contemplamos nuestra eterna alzada y caída, nuestro infinito hacerse y deshacerse, nuestra infatigable redención que prolonga la eterna condena. Pero no ha de ser el lugar celeste el cansado territorio del desasosiego, sino la plaza de voluble y cambiante urbanismo que en todas y cada una de sus infinitas transformaciones manifieste, en la piel de quien ella se cobija, la fiebre que eterniza el instante del abrazo entre el amor y la inteligencia...




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