... fue Donald Judd quien soñó a Brancusi cuando éste se desdoblaba entre la voracidad atrayente de la tierra y la materia y los espacios de altura donde el único volumen es la densidad del aire. ¿Cual de las dos opciones fue la victoriosa? La única posible: la forma que etérnamente a si misma se construye asumiendo la dependencia gravitatoria del objeto, y el deseo de éste de elevarse por encima de su misma esclavitud. Digámoslo de otra manera: inocentes estrategias de quien sabe, como el humano, que esta hecho de la doble condición de ser, en una misma psicología, amo y siervo. O bien: astutos juegos de encadenada (por imposible) repetición. O quizás: ya que nada es igual a nada enturbiemos la mirada en buscar el diferencial mínimo existente en toda forma equivalente. Otra posibilidad: ¿podríamos definir el arte como en la factualidad que genera un hecho diferencial a partir de la infinita transgresión estructural de un único y eterno deseo? En realidad no fue Judd quien soñó a Brancusi, ni éste quien prologó a aquel, sino que ambos supieron demasiado pronto que sólo la forma define el gesto y toda repetición es, indefectíblemente, la eterna insistencia en la obscura geometría del alma...




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