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'Victory Garden' (Stuart Moulthrop, 1992)
Victory Garden

Cada época tiene su narrativa, así como alguna vez el humano se reunía alrededor de la fogata para escuchar historias, un día se internó en bibliotecas para leer una novela o se adentró a una sala oscura llamada cine para ver una historia audiovisual. Si en los 50's, una nueva generación de cineastas franceses trabajan con recursos cinematográficos que revolucionaron la estética de la narrativa audiovisual, con la idea de ser más fieles a la época en que vivían, ahora a principios del siglo 21 cuando se considera que el cine digital viene a rebajar costos de producción, se introduce la computadora como espacio de narración.

Si bien existen encuentros y talleres que se adentran en distintos territorios de la narrativa, hasta ahora no ha habido muchos que investiguen la narrativa como un mismo fenómeno que puede expresarse en distintos medios. Este taller busca explorar diversos medios para narrar, ofreciendo teoría y práctica, así como historias personales y panoramas específicos en voz de participantes activos en la creación de narrativas.

Victory Garden, de Stuart Moulthrop, en http://www.eastgate.com/VG/VGStart.html, pasa por ser una de las cibernarraciones más célebres. Como el New York Times Book Review dice, la página donde se aloja esta cibernarración es la "fuente principal del hipertexto serio" (http://www.eastgate.com/), o lo que es lo mismo, que hasta ahora la única manifestación narrativa coexistente a la que ya conocemos y con vocación de ofrecer una forma de contar y de leer alternativas es ésta.

Victory Garden tiene varios puntos de entrada, varios lugares desde los que comenzar a discurrir por el argumento o los argumentos, varias formas de evitar lo que los cibernarradores denominarían el "despotismo" de un único comienzo que impone al lector una sola vía de lectura, varias formas de entrelazar o tejer la trama, variados puntos de vista sobre la acción en forma de hilos narrativos distintos, finales diferentes, más o menos lógicos, más o menos abruptos, más o menos interesantes. Sin duda, la potencialidad suprema de la hipertextualidad es permitir la convivencia de narraciones más o menos paralelas, más o menos sucesivas, más o menos alternativas.

El jardín de los senderos que se bifurcan plantea el dilema -y no pretendo agotar sus significaciones- de las vidas que pudieron ser, podrían ser, y no fueron, de los múltiples argumentos frustrados de nuestra vida, de su imposible convivencia, de la elección forzosa de uno de ellos, de los hombres que nunca seremos y las vidas que nunca viviremos... Y claro, con los medios narrativos habituales y el soporte en papel, caben algunos experimentos, pero es difícil, y quizás hasta incongruente, tratar de narrarlos coexistentemente, paralelamente. La narración hipertextual, en buena medida, pretende decirnos que el nuevo soporte nos permite acceder a esos múltiples cursos antes vetados de las narraciones paralelas y que, aún mejor, el lector ya no es un descifrador encadenado a la linealidad del texto, sino un explorador liberado y creativo que va componiendo mientras lee. Claro que, a poco que se pare uno a reflexionar, habría que preguntarse quién ha previsto, planeado, tejido y redactado ese texto multifacético, si los meandros narrativos, aparentemente multiformes, no están tan eficazmente ensamblados como en cualquier otra narración que pretenda tener sentido y que, por tanto, es de justicia aceptar que el soporte y la tecnología son herramientas que pueden servir para desarrollar un tipo concreto de hilo argumental pero eso no entraña, en ningún caso, que el lector alcance alguna clase de "libertad" o autonomía antes desconocida o que llegue a sustituirse género alguno. Porque, además, ¿alguien ha caído en la cuenta de si hay ciberlectores, o de si alguien está dispuesto a convertirse en ciberlector y de entretenerse siempre con un mismo tipo de estructura argumental?

¿Es Internet bueno para los libros y nos hará a todos escritores?:
Internet no es un espacio más democrático, más liberal, más accesible -en este caso vamos a limitarnos a lo que nos interesa, a la producción cultural- que el espacio real por mucho que se empeñen en afirmarlo aquellos a los que comercialmente les conviene, o aquellos otros que, expertos en el manejo de las herramientas informáticas, demuestran, precisamente, que hay que ser un experto elitista para ser visible en la red, aunque sea por los destrozos causados.

Javier Echeverría ha propuesto un término muy adecuado para denominar el espacio virtual: tercer entorno, el espacio que, a diferencia del primitivo natural y el ciudadano contemporáneo, promete acoger nuestras vidas virtualizadas en breve plazo. Para mi gusto convendría profundizar algo en ese concepto, sobre todo llevarlo más allá de sus connotaciones físicas, topográficas o imaginarias: efectivamente el entorno de Internet será un campo o espacio más de convivencia social, un campo con características absolutamente peculiares, sin duda, pero al fin y al cabo campo de convivencia y luchas sociales y, por tanto, lugar, por muy inmaterial que sea, donde se deja sentir el enorme peso del poder de aquellos que controlan la red y de las enormes diferencias respecto a la visibilidad y a la capacidad de producción y difusión de productos culturales.

Existen tres problemas relacionados entre sí:

a) se sabe, por ejemplo, que al menos el 50% del contenido de la red es invisible, así que el que no pueda pagar dominios ostensibles, fáciles de memorizar, ya puede ir dándose por invisible;

b) hay algo más importante, y el ejemplo viene de los Estados Unidos y se propaga como reguero de pólvora por las provincias limítrofes: las colosales fusiones empresariales del tipo Viacom y CBS, entre una empresa creadora de contenidos y otra maestra de la difusión, tienden a una suerte de integración vertical donde las exigencias de la última acaban moldeando y deformando a la primera. Llegar a más y más clientes potenciales exige, también, disminuir más y más la exigencia de los títulos o los productos distribuidos, y no es casualidad que el furor en la red lo cause la última novela de Stephen King. Las exigencias de amortización y beneficios de estos conglomerados mediáticos, en parte debido a los cuantiosos costes originados por el control y mantenimiento de la infraestructura tecnológica, "obligan" a los nuevos editores a orientar sus libros hacia el polo más comercial de los concebibles. Sin discutir la legitimidad de tal movimiento, hacer eso implica, sin duda, un aligeramiento de los catálogos de las editoriales y una desvirtuación de la tarea propiamente cultural de un editor. No todo cabe en la red, como se dice, porque la red, encaminada a su vertiente más descarnadamente comercial, prima lo más divulgable o propagable, y eso no es una buena noticia para la producción cultural, que sólo germina en unas condiciones ecológicas muy peculiares, en donde no existe ni la velocidad de difusión, ni la presión del beneficio;

c) surgen editoriales que, utilizando el soporte de la red, nos proponen gran variedad de lecturas y autores, pero en la red suele pasar lo mismo que en la vida real, que andamos sin red, es decir, ¿cuál sería la razón que me llevaría a leer los originales en la red de autores noveles y balbucientes sin respaldo ni reconocimiento? Por estar meramente en la red no se gana credibilidad, o prestigio, o poder de distinción o designación, así que, a no ser que la propia editorial venga precedida por una reputación obtenida a base de trabajar noblemente sus contenidos, me parece que no voy a gastarme un duro en descargar un archivo que debo imprimirme en folios y en mi casa. Otra cosa es que una editorial establecida opte por colgar de la red textos garantizados y abarate, de esa manera, su difusión y almacenaje. Pero, en definitiva, ser principiante y tener toda la red por delante, no es una garantía inmediata de visibilidad, éxito cultural y, mucho menos, comercial.

http://jamillan.com/ciberbar.htm
http://www.zemos98.org/producciones/narrativa/



Helena Muñoz  (AVD'06)
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